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Título: Flags of Our Fathers (Banderas de nuestros padres)
Director: Clint Eastwood
Guión: William Broyles Jr., Paul Haggis (Libro: James Bradley, Ron Powers)
Fotografía: Tom Stern
Año: 2006
Duración: 132 min.
País: Estados Unidos
Productora: DreamWorks / Warner Bros. Pictures / Malpaso / Amblin Entertainment
Reparto: Ryan Phillippe, Jesse Bradford, Adam Beach, John Benjamin Hickey, John Slattery, Barry Pepper, Jamie Bell, Paul Walker, Robert Patrick, Neal McDonough, Melanie Lynskey, Tom McCarthy, Chris Bauer, Judith Ivey, Joseph Cross, Harve Presnell, Len Cariou, David Patrick Kelly, Jon Polito

Tras conseguir gran éxito de público y crítica con ‘Million Dollar Baby’ y ‘Mystic River’, Clint Eastwood decidió dirigir dos películas bélicas: ‘Flags of Our Parents’ y ‘Letters From Iwo Jima’, que representaban la misma batalla de la Segunda Guerra Mundial, Iwo Jima, desde los dos bandos: el norteamericano y el japonés. A falta de ver la japonesa, no puedo sino quitarme el sombrero ante la iniciativa de Eastwood, toda una declaración de intenciones: en una guerra no todo es blanco o negro, pero todos sufren.
'Flags of Our Fathers', pues, cuenta la batalla de Iwo Jima a la par que explica la historia detrás de la famosa fotografía que sirvió de propaganda para seguir financiando la guerra. Eastwood centra la historia en los tres supervivientes que alzaron la bandera: John "Doc" Bradley, Rene Gagnon y Ira Hayes.



Si no existiera 'Saving Private Ryan', probablemente las escenas bélicas de 'Flags of Our Fathers' estarían mucho mejor consideradas, pero lo cierto es que cuando Eastwood representa la guerra con toda su crudeza y espectacularidad seguimos teniendo en mente la película de Spielberg -que aquí también produce- y no nos sorprende ni emociona cómo 'Saving Private Ryan'. Aunque la representación de la guerra que hace Eastwood no sorprenda , no hay que dejar de aplaudir la fuerza de las imágenes que compone el director de 'Invictus'.

A pesar de ese realismo en las escenas bélicas, hay aspectos en la película que descompensan el resultado final. Y es que los protagonistas de esta historia no acaban de conmovernos porque no llegamos a conocer como son más allá de su actuación en las escenas de guerra. Así, por ejemplo, del protagonista de la historia, John "Doc" Bradley, sabemos que es un buen doctor que se arriesga por sus compañeros, pero más allá de eso no sabemos mucho más y no llegamos a emocionarnos con él debido a nuestra limitada implicación emocional con el personaje. La excepción la encontramos con el personaje de Ira Hayes, con quién empatizamos sobretodo gracias a la gran actuación de su intérprete, Adam Beach, nominado a diversos premios por este papel.

Esta poca implicación emocional no es el único problema de 'Flags of Our Fathers', ya que nada más empezar la película nos sumergimos en una narrativa confusa producto de su lioso montaje. Saltamos del presente (con el hijo del protagonista), a la guerra y después a los acontecimientos propagandísticos en torno a la famosa fotografía de la bandera sin mucho critero, aunque después de un tiempo podemos llegar a acostumbrarnos y seguir sin problemas el desarrollo no lineal de la película.



Sin duda, lo mejor del filme son las intenciones y el mensaje que transmite, alejado de cualquier atisbo de patriotismo, que es precisamente lo que la distingue de la película de Spielberg (y lo que la lastraba, según mi opinión). Y es que el maestro Eastwood nos enseña que en la guerra no todo es blanco ni negro, no todos son buenos y malos y los que luchan no matan por su país, sino por la supervivencia y por su compañeros. Los héroes son algo que creamos nosotros, nos dice, para facilitarnos la comprensión de este sinsentido. Pero cuando los soldados vuelven de la guerra, -los que vuelven- odian ser llamados héroes por cometer crímenes justificados por razones de Estado. Y los soldados que el Estado había tratado como héroes y auténticos patriotas, son olvidados por el gobierno, y vagan, confundidos y con el alma hecha pedazos, como el Freddie Quell de 'The Master' (Paul Thomas Anderson, 2012). Porque el problema no es solo la masacre -de unos y de otros- también están los hogares y las almas rotas que nunca volverán a rehacerse. Además, el director también aprovecha para denunciar la propaganda y la instrumentalización de unos soldados convertidos a héroes por levantar una bandera mientras otros morían en la batalla.  

'Flags of Our Flags' no es solo una buena película, es un filme necesario para comprender que los héroes no existen, que no hay motivo para justificar la guerra y que los soldados que no morían volvían con el alma hecha pedazos. No hay buenos ni malos, solo una lucha por la supervivencia y unos crímenes que los soldados nunca han podido olvidar. 

Lo mejor: escenas bélicas, la actuación de Adam Beach, el mensaje
Lo peor: el montaje puede confundir, poca implicación emocional con los personajes

Esta crítica forma parte del Especial Clint Eastwood de Siempre en VO. Próximamente, las críticas de 'Bird', 'Pale Rider' y 'Million Dollar Baby', entre otras. 





Título: Snowpiercer
Director: Bong Joon-ho
Guión: Bong Joon-ho, Kelly Masterson (basado en la novela gráfica de Jaques Lob y Jean-Marc Rochette: Le Transperceneige)
Fotografía: Hong Kyung-pyo
Año: 2013
Duración: 125 min.
País: Corea del Sur
Productora: Coproducción Corea del Sur-EEUU; Moho Films / Opus Pictures
Reparto: Chris Evans, Song Kang-ho, Tilda Swinton, Jamie Bell, Octavia Spencer, Ewen Bremmer, Ko Ah-sung, John Hurt, Ed Harris, Alison Pill, Luke Pasqualino, Steve Park, Adnan Haskovic, Clark Middleton, Paul Lazar

Snowpiercer supone el primer filme en inglés del director surcoreano Bong Joon-ho, con sólo siete filmes en su haber, pero toda una reputación ganada a pulso. El realizador de las grandes obras Memories of Murder y The Host, cuenta en este filme con la ayuda de un plantel de actores de renombre de muchos rincones del mundo: Chris Evans, Jamie Bell, Song Kang-ho, John Hurt o Ed Harris son unas de las muchas caras conocidas que plagan el metraje.

Es el año 2014, y el calentamiento global ha llegado a un punto crítico, tan crítico que científicos de todo el mundo trabajan en una solución rápida al problema. Rápidamente encuentran una sustancia que lanzada a la atmosfera hará disminuir la temperatura hasta la perfecta para la vida, pero debido al poco tiempo con el que se ha trabajado, el experimento sale mal y el mundo se ve sumido en temperaturas típicas de una nueva era de hielo. Los pocos supervivientes de la Tierra viven todos en el Snowpiercer, un tren de movimiento eterno que atraviesa todo el mundo en un recorrido de exactamente un año de duración.

El desolador paisaje de una Tierra helada por los propios actos humanos.

Qué suerte tenemos de que Bong Joon-ho, paseara una tarde de 2004 por Seoul (durante la preproducción de The Host) hasta entrar en su tienda de comics habitual. Digo qué suerte, porque allí fue donde encontró la novela grafica del francés Jean-Marc Rochette, Le Trasperceneige, cuya historia le atrapó e hizo que su amigo y compañero de profesión Park Chan-wook leyera hasta quedar convencido de comprar los derechos para Bong. Qué suerte tenemos también de que el encargado de llevarla al cine, el mismo Bong, no la haya convertido en un panfleto pro-yanqui de tres al cuarto (pese a la batalla que ha mantenido con Weinstein, empeñado en recortar metraje), sino en una cinta de ciencia ficción distópica alejada de los cánones, uno de esos raros blockbusters de autor (el año pasado tuvimos Pacific Rim de del Toro, hay quién le gustó más, hay quien menos).

Snowpiercer atestigua que el mercado cinematográfico surcoreano está en alza. ¡Y de qué manera! El portentoso plantel de cineastas nacidos y criados en Corea del Sur poco o nada tienen que envidiar a cineastas de talla mundial estadounidenses: Na Hong-jin, Kim Ki-duk, Kim Ji-woon o los mismos Park Chan-wook (quién figura como productor de la pieza) y Bong Joon-ho son cinco de los muchos que hay en un mercado aún por descubrir aquí en occidente.

Fotograma de la (maravillosa) lucha con hachas.

Pero vamos al filme. Lo realmente interesante de Snowpiercer, más allá de ser un filme de impecable factura técnica (decorados, efectos especiales, maquillaje, vestuario, todo funciona a la perfección), ciencia ficción distópica de la más pura y acción excelentemente bien rodada, la idea de gente clasificada por su extracción social luchando por su supervivencia es macabra y a la vez maravillosa. El filme destaca sobre todo por la crudeza de sus imágenes, y unas actuaciones portentosas de todo el plantel, entre los que destacaría al siempre magnífico (y actor fetiche de Bong) Song Kang-ho, a un sorprendente Chris Evans, y una histriónica Tilda Swinton que transmite una mezcla extraña de odio y simpatía hacia su personaje.

Con su retorcido sentido del humor (negro, negrísimo), la belleza poética en la representación de sangre y violencia, su magnífico diseño de producción, y una dirección frenética, la personalidad del realizador no se ve manchada ni lo más mínimo. Su narrativa se mantiene intacta, y consigue impactar con imágenes duras al espectador, haciéndole reflexionar sin pretender dar un sermón. De Bong Joon-ho nos teníamos que esperar lo mejor, y las expectativas se cumplen.

Lo mejor: la escena en el vagón de las saunas y la de la lucha con hachas (deudora en cierta manera de Park Chan-wook y el plano-secuencia de Oldboy), amén del perfeccionismo técnico del filme.
Lo peor: flaquea un poco al final en un derroche de sensiblería. Aún así, el viaje merece mucho la pena.


Crítica de @PaulPorcoRosso

Un mes después de Navidad, me acerco al cine para acabar el visionado de las reflexiones sexo-filosóficas de Lars von Trier. Nymphomaniac no es una película para todos los públicos (sin hablar ya de edades), pero que el genio danés es un divisor de opiniones nato no es nada que nos venga de nuevo. Seguimos la acción donde la habíamos dejado: Joe (Gainsbourg) aún no ha terminado de contar su epopeya sexual al viejo Seligman (Skarsgaard): ocho capítulos que se adentran más y más en el tortuoso mundo de la adicción al sexo. Perdón, de la nimfomanía.

Nymphomaniac ya de por sí (dejando en segundo plano su argumento, forma y ejecución) me parece una película muy destacable sólo por su estilo novelesco, tanto en la estructura por capítulos como por la descripción de los espacios. Todos los apartamentos, casas o almacenes que vemos están medio vacíos: la narración de von Trier es la de Joe (otra mujer torturada por el genio danés), una narración incompleta, en la que se escapan detalles sin importancia, como el color de las paredes, los cuadros, o más o menos libros encima de las mesas o en las estanterías. Lo más importante es la historia, el sentimiento de culpa, el egocentrismo negativo de su protagonista. Los momentos de tensión sexual, violenta o verbal, y los de calma momentánea en los que Joe inspecciona tanto a la habitación de invitados de Seligman (que ahora sí que se nos presenta como un ambiente detallado) como la verborrea adoctrinadora del profesor judío, en busca del título de su próximo capítulo.


En este segundo volumen la debutante Stacy Martin (joven Joe) cede el protagonismo absoluto a Charlotte Gainsbourg (Joe adulta)  Así pues, tras el cliffhanger sexual con el que acababa el quinto capítulo (y con él el primer volumen de Nymphomaniac), restaban sólo tres para finalizar la narración de este oscuro cuento sobre sexo y vida. El sexto, que trata de la pérdida del amor y del límite entre dolor y placer (con sus correspondientes e impagables escenas de sado); el séptimo, sobre un arrepentimiento inalcanzable; y en el octavo (y último) capítulo (homenaje a Godard y su "lo único que se necesita para hacer una película es una mujer y una pistola", y al espía inglés de la Walther PPK), la demoledora culminación de la trama, la clausura de un círculo, y el destrozo final del espectador usando sólo el sonido y la pantalla a negro. La pesca con mosca se convierte en el nudo Prusik, la polifonía de Bach en Beethoven.

Sándwich de pavo con pan integral.

Durante el mes de diciembre escribí una crítica de Melancholia en la que decía que, según mi opinión, ésta era la segunda fase de toda depresión, la aceptación, dejando a entrever que en Nymphomaniac esperaba la tercera fase, una salida de dicha depresión, un atisbo de luz al final del túnel. Lars von Trier nos da esa luz, nos enseña los rayos de sol a través de los edificios cimentados en una sociedad enferma, maldita y prejuiciosa, para luego fundir a negro y eliminar todo rastro de esperanza. Porque todo el mundo sabe (lo ha visto mil veces en el cine) que para que una semiautomática funcione, primero hay que poner una bala en la recámara accionando la corredera.

Lo mejor (volúmenes I y II): los capítulos cuatro, cinco y ocho, Jamie Bell, el descubrimiento de Stacy Martin, el genio de von Trier.
Lo peor (volúmenes I y II): pese a una experiencia muy completa y excesivamente disfrutable, tiene algunos altibajos.





Título: Nymphomaniac vol. II / Nymphomaniac (2)
Director: Lars von Trier
Guión: Lars von Trier
Fotografía: Manuel Alberto Claro
Año: 2013
Duración: 124 min.
País: Dinamarca
Productora: Coproducción Dinamarca / Alemania / Francia / Bélgica; Zentropa Entertainments
Reparto: Charlotte Gainsbourg, Stellan Skarsgaard, Stacy Martin, Shia LaBeouf, Connie Nielsen, Christian Slater, Nicolas Bro, Jesper Christensen, Uma Thurman, Caroline Goodall, Kate Ashfield, Saskia Reeves, Jens Albinus, Sophie Kennedy Clark, Mia Goth, Omar Shargawi, Severin von Hoensbroech, Jamie Bell, Willem Dafoe
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